OPINIÓN: Reflexiones sobre el capitalismo actual

OPINIÓN: Reflexiones sobre el capitalismo actual

Es necesario sustituir el individualismo egoísta y el consumismo típicos de la sociedad neoliberal para dar lugar a una sociedad solidaria y más equitativa en la distribución de la riqueza, tanto a nivel individual como mundial.

El capitalismo se diferencia de los modos de producción previos por ser el primero en que gran parte del excedente económico generado por el trabajo social se ha acumulado con el fin de aumentar la producción futura.

Hasta la aparición del capitalismo, el excedente económico estaba destinado al consumo, a veces ostentoso, de las clases dominantes. La consecuencia era la poca evolución, cuantitativa y cualitativa, de los bienes y servicios producidos. Durante siglos, el producto creció levemente, al mismo ritmo que el crecimiento de la población. Es decir, el ingreso per cápita promedio se mantenía más o menos constante.

Con la acumulación productiva del excedente económico, el capitalismo logró multiplicar la riqueza material a niveles antes impensados, con altas tasas de crecimiento del producto y, simultáneamente, llevó a introducir en forma continua innovaciones tecnologías que aumentan la productividad del trabajo (“la revolución permanente de los medios de producción”).

Ese gran mérito del capitalismo es también el factor que llevará a su crisis y desaparición.

Es que el crecimiento a tasas acumulativas de la producción requiere aumentos similares del consumo que absorba esa producción. Como escribió John Kenneth Galbraith (“La sociedad opulenta”,1958), “cuanto mayor sea la cantidad de bienes que adquiere la gente, tanto mayor es el volumen de envoltorios que desecha y tanto mayor es la cantidad de basura que se debe eliminar… la contrapartida de una opulencia creciente será una suciedad cada vez más intensa”. La sociedad de consumo que generó el capitalismo será superada en su capacidad de reciclar la basura creciente y está amenazada por quedar ahogada por ella.

Por otro lado, la acumulación del excedente se realiza por particulares. Y la concentración de riqueza en pocas manos se vuelve la consecuencia lógica; la acumulación para aumentar la producción dio lugar a la acumulación de riquezas como fin en sí mismo mientras que la distribución del ingreso se torna cada vez más inequitativa.

 

Todo el panorama se agravó a partir de las décadas ’70 y ’80 del siglo pasado, con el predominio del sector financiero y la transnacionalización del capitalismo, que aumentó la explotación irracional de los recursos naturales y, a la vez, la explotación del trabajo, tanto a nivel individual del trabajador como al nivel social, con la explotación creciente de los países periféricos. El neoliberalismo nació como ideología de la época y se afianzó como el “pensamiento único”, pensamiento que exacerbaba el individualismo extremo y la falta de solidaridad, en una especie de “sálvese quien pueda”; Margaret Thatcher lo sintetiza como:

“La sociedad no existe. Sólo hay individuos”.

Margaret Thatcher

La acumulación de riquezas por la acumulación en sí misma, en un mundo con recursos limitados, es totalmente irracional. Por ejemplo, en estos días se conoció el informe de la organización OXFAM presentado al foro de Davos: en los últimos diez años la cantidad de bimillonarios que existen en el mundo se duplicó, mientras que en el año 2018 vieron aumentar su riqueza en 900 mil millones de dólares (casi dos productos brutos anuales de nuestro país); el año pasado las 26 personas más ricas poseían una fortuna equivalente a la de la mitad de la humanidad, 3.800 millones de personas.

 

Esa acumulación desaforada se hace sin importar las consecuencias del aumento de riqueza concentrada sobre la naturaleza y sobre las personas: se intensifica la explotación de la tierra productiva y sobre los trabajadores y los países periféricos, sin importar el aumento en la emisión de gases ni la generación creciente de residuos contaminantes. El sistema “transforma al hombre en superdepredador, tan funesto para la naturaleza como para sus semejantes”, según el decir de Philippe Descamps (“Le Monde Diplomatique”, enero 2019).

En nuestro país se ha avanzado en la tala de los bosques para obtener terrenos aptos para la soja, actividad mecanizada que degrada el suelo y desplaza sin consideración alguna a los campesinos y a los pueblos nativos preexistentes. La respuesta de la naturaleza a ese daño fue la actual inundación en el noreste que impiden la producción y daña a las capas más pobres de la población.

Según los expertos la temperatura promedio en la tierra ha aumentado un grado desde que comenzó la revolución industrial, lo que se manifiesta, por ejemplo, en el derretimiento de los hielos polares. El límite para que el problema no se vuelva irreversible estaría en un aumento de la temperatura de 1,5 grados, lo que, según algunos estudiosos, en las circunstancias actuales se alcanzaría alrededor del 2050.

Ante este problema la humanidad ha tratado de dar respuesta, al menos declarativas y de buenas intenciones. Por ejemplo, el Protocolo de Kioto, que entró en vigor en el año 2005, establecía el compromiso de reducir entre 2008 y 2012 al menos 5% la emisión de gases que afectan al medio ambiente en comparación a los emitidos en 1990. Pero Estados Unidos, que con el 4% de la población mundial emite el 26% de gases, no ratificó el convenio y Canadá, otro país industrial, se retiró del mismo.

Trump niega que sea cierta la amenaza de destrucción de la tierra y en Brasil, Bolsonaro declara la intención de avanzar sobre el Amazonas, verdadero pulmón verde de la humanidad, con fines productivos. Ambos, al igual que Macri, son exponentes del neoliberalismo, expresión del viejo liberalismo económico acompañado de expresiones políticas cada vez más autoritarias. Para ellos, hasta el futuro de la humanidad queda subordinado a los intereses de la acumulación actual, injusta e irracional.

Los tiempos para la humanidad urgen. Es necesario sustituir el individualismo egoísta y el consumismo típicos de la sociedad neoliberal para dar lugar a una sociedad solidaria y más equitativa en la distribución de la riqueza, tanto a nivel individual como mundial.

Por Humberto Zambon