EDITORIAL: Lecciones no aprendidas a 43 años del terremoto del 76

EDITORIAL: Lecciones no aprendidas a 43 años del terremoto del 76

El terremoto ocasionó la muerte a más de 23 mil personas y afectó el 77 por ciento del territorio nacional, además causó que 76 mil personas resultaran heridas, 3 millones 750 mil damnificados y más de un millón de viviendas, puentes, carreteras y edificios dañados.
Dicha tragedia aún conmociona a muchas personas que vivieron de cerca la emergencia y hace reflexionar en la importancia de estar preparados ante la amenaza que ocurra un nuevo evento sísmico ya que Guatemala se ubica geográficamente entre 3 placas tectónicas a nivel mundial.
Y esperamos que nuestro pueblo y los políticos recuerden en los subsiguientes fenómenos que nos pueda afectar algunas lecciones aprendidas de esa catástrofe.
Por que cuando los abusos están asociados al dolor humano, qué difícil habrá de ser relatarlos sin que el cronista sienta sus entrañas removidas. Se tocan los terrenos de la rabia, la impotencia, la vejación a los más humildes, etc.
Estar ante el rostro desnudo de la tragedia, agravada con el ingrediente de la abyección humana, debe ser uno de los más desagradables espectáculos que pueda presenciar cualquier hombre.
En ese momento de catástrofe, debió ser aterrador escribir una crónica periodística cuando se veía que las máquinas de rescate sólo se dedicaban a salvar equipos y maquinaria, rollos de tela, ropa, mientras el hedor denunciaba la presencia de la muerte humana en el interior de los edificios.
Los abusos en la venta de agua y alimentos, así como las corruptelas de funcionarios, forman parte de un cáncer social exhibido en los peores momentos.
Uno de los más socorridos lugares comunes de nuestro país identifica corrupción con gobierno, con sustracción indebida de los recursos del erario.
Los aumentos arbitrarios de precios, la especulación, el acaparamiento, son rasgos de gente acostumbrada a transar, característica que no siempre es vista como defecto. Con esto queremos decir que no acabamos de tomar conciencia de las dimensiones y peculiaridades de uno de los fenómenos más lacerantes de nuestro tejido social.
En última instancia, la corrupción es un delito. En el sustrato profundo del culto por la ley deberíamos buscar orígenes de males tan generalizados.
Entre la realidad y la ley, sigue habiendo, por desgracia, un abismo. Pareciera que constituimos un pueblo escurridizo, moldeado en la lucha por la vida con la fisonomía del individualismo sagaz y marrullero, desconfiado de todo lo que signifique intervención de la autoridad.
En ese terremoto, gran parte de la forma normal de vida fueron destruidas por los imperativos de un desarrollo económico salvaje, arrollador y opresivo. Quedamos en competencia unos frente a otros, deslumbrados por el éxito de los encumbrados que nos hacen saber desde las ventajas de su condición privilegiada hasta en el viacrucis del transito citadino.
Aquí, los vicios y las virtudes tienen un carácter público y en ocasiones se confunden. Los tribunos de la prensa se afanan en la denuncia. Tal vez no haya visión elaborada en el centro de sus intenciones.
Acaso la visión del dolor, difícilmente desmitificable, pero que debe exhibirse, como hacemos enseguida de cada vez que existe dolor por la périda de vidas humanas, cual circo.
Lo anterior debe examinarse en el marco de las etapas por las que pasaba el conflicto armado interno durante el período 1975-1985. En una primera etapa la oposición política se estaba reorganizando, especialmente a partir del terremoto de 1976. Este evento propició el espíritu de solidaridad y lucha, pero a la vez recrudeció la represión por parte del Estado, trayendo entre otras consecuencias que las agrupaciones armadas obtuvieran más apoyo popular y se reforzaran desplegándose en casi todo el país.
A buen estilo francés revolucionario, figurativamente le costó la cabeza a muchos y la vida a miles durante el conflicto armado años después.
El terremoto de febrero de 1976, que afectó a decenas de miles de guatemaltecos, los dividió aún más por la administración y el control de los cuantiosos recursos de la cooperación internacional para la reconstrucción. El fenómeno natural paralizó las medidas gubernamentales para reducir la inflación y mejorar las condiciones de vida de la población.
Se provocó un nuevo aumento inflacionario y en 1977 se dio una pérdida del valor adquisitivo del quetzal del casi 50% en relación a 1972.
La inflación afectó duramente al grueso de la población guatemalteca, a pesar de que entre 1976 y 1978 se dio un crecimiento de la economía, elevándose a tasas superiores al 7%. Este crecimiento favoreció únicamente al sector privado, el cual gozaba de los beneficios del Mercado Común Centroamericano desde principios de los sesenta.
Según algunos estudios, a mediados de los años setenta, la mayor parte de los empresas industriales guatemaltecas importantes habían sido penetradas por capital norteamericano, en un proceso que tuvo su máxima manifestación entre 1965 y 1970. Por lo que concierne al sector agrario, vale mencionar, de acuerdo con datos de la AID, que en 1980 la Población Económicamente Activa de 20 años o más, que no poseía ni administraba tierras, sumaba un total de 419,620 personas, lo que representaba el 32% de la PEA y aumentaba en 6% lo registrado en 1964.
Para promover el desarrollo interno se abrió la frontera agrícola con la Franja Transversal del Norte, una feraz región de 3,500 kilómetros cuadrados. Otro sector primario, la minería, también recibió un fuerte impulso desde el Gobierno de Arana: hasta 1975 se presentaron 42 solicitudes de explotación petrolera y se registró la primera producción comercial exportable. EXMIBAL empezó a trabajar en esas fechas la explotación del níquel cerca del lago de Izabal, actividad que después se frustró por la actividad de comuneros organizados que exigían la reivindicación de la tierra.
El Ejército consideraba que la organización campesina era parte activa de la guerrilla. El 29 de mayo de 1978, para insistir en el reclamo de la tierra y manifestar el descontento ocasionado por los actos arbitrarios de los terratenientes y de las autoridades civiles y militares, campesinos de las aldeas Cahaboncito, Semococh, Rubetzul, Canguachá, Sepacay, finca Moyagua y barrio La Soledad, decidieron realizar una manifestación pública en la plaza de Panzós. A esta protesta fueron invitados también habitantes de El Estor, Izabal. Cientos de hombres, mujeres, niños y niñas indígenas se dirigieron a la plaza de la cabecera municipal de Panzós, cargando sus instrumentos de trabajo, machetes y palos. Una de las personas que participó en la manifestación afirma: “La idea no era pelear con nadie, lo que se pedía era la aclaración de la situación de la tierra.”
La muerte inundó la plaza, con una balacera de casi 5 minutos, posiblemente causado por un incidente confuso donde Mamá Maquín posiblemente empujó a un soldado.
A partir de la masacre el Ejército inició en el Valle Polochic una represión selectiva contra los líderes comunitarios que reivindicaban tierras y así también contra sacerdotes mayas. A consecuencia de estos hechos, se veían a diario cadáveres de indígenas flotando en el río Polochic.
La represión generalizada atemorizó e inmovilizó a la población. Las peticiones de tierras disminuyeron drásticamente. Desde 1978 hasta 1996 no volvería a realizarse una manifestación pública de éste tipo.
Pero justo éste tipo de acciones donde terratenientes se aprovecharon para hacer del despojo y la necesidad de los pobres, el pilar de su riqueza, y donde los sentimientos se agudizaron tras el terremoto del 76, donde hechos como éstos fueron la mecha que justificó a manipuladores y activistas fanáticos a impulsar el conflicto armado en Guatemala.
El movimiento telúrico deslizó 46 pulgadas el país. La división y movimiento fue también una metáfora social durante los siguientes años ante la guerra del conflicto interno, y aún hoy en día donde el tejido social sigue desgarrado y roto por 43 años más de corrupción y violencia, nacida de la falta de valores en las madres y la incapacidad de los padres para enseñar educación y disciplina.