La patria y la nación

Comparte

Por: Roberto Blum

El mes de septiembre se conoce en México como el mes de la patria. En ese mes se inició el proceso independentista del extenso territorio que durante trescientos años fue la Nueva España. En septiembre de 1808 se consumó en México el primero de los innumerables golpes de Estado que Iberoamérica ha sufrido en su historia. En septiembre de 1810 el padre Miguel Hidalgo inició la guerra de independencia y en septiembre de 1821 el reino de México y sus provincias y reinos, así como la capitanía general de Guatemala lograron la independencia política de España.
En septiembre de 1847, el ejército invasor estadounidense tomó la ciudad de México pese a la defensa de los cadetes del colegio militar de Chapultepec, la defensa de Churubusco y la resistencia del batallón irlandés de San Patricio. Todas estas efemérides son parte de la historia patria y asimismo se han convertido en parte de la mitología nacional. Y es que la patria y la nación no son lo mismo.
México y Guatemala son las patrias de la mayoría de sus habitantes, posiblemente no de todos. La patria requiere de un sentimiento y una emoción muy personales, no así la nación. Algunos estudiosos definen a la patria como la tierra donde están enterrados nuestros padres y abuelos, una tierra hecha sagrada por la vida, el recuerdo, la muerte y el descanso de nuestros seres amados. En cambio, la nación es una decimonónica construcción ideológica y política con la finalidad específica de fortalecer al Estado nacional.
Jacques Lafaye en su obra “Quetzalcóatl y Guadalupe: la formación de la conciencia nacional mexicana” nos explica cómo fueron los intelectuales novohispanos, clérigos en su inmensa mayoría, quienes comenzaron casi al momento de la conquista y durante los tres siglos siguientes el proceso de construcción de una conciencia protonacional a partir del personaje mitológico prehispánico Quetzalcóatl-Kukulkán y su identificación con el apóstol cristiano Tomás, el gemelo de Jesús. Esos clérigos e intelectuales novohispanos requerían integrar en la historia universal la novedad de un continente y unas civilizaciones al mismo tiempo profundamente extrañas, pero parte de la misma providencia divina. Así México comenzaría a reconocerse en su historia particular dentro del gran movimiento de la historia universal de la salvación. Sin embargo, después de 1821, el país fracturado y sometido a constantes rebeliones, guerras civiles e invasiones extranjeras parecía encontrarse al borde de su extinción.
Posteriormente a la catástrofe demográfica del siglo dieciséis, en los siguientes dos siglos la población creció lentamente y se asentó en numerosas rancherías, aldeas, villas y ciudades en todas las regiones del virreinato. Poco a poco esas localidades fueron transformándose en verdaderas “patrias chicas” o “matrias” en palabras de don Luis González y González. El amor a esas tierras de nuestros antepasados fue requiriendo contar las historias de las familias actuales integrándolas poco a poco en la historia de la Sagrada familia y especialmente enfocándose en la madre de Jesús, la virgen María. Así, Guadalupe-Tonantzin, la imagen de una mujer morena, quizás representando tanto a la “mujer del Apocalipsis” como a la madre de los dioses, adquirió el tono emocional de la “madre santísima” de los pueblos mestizos del continente a partir de la segunda mitad del siglo diecisiete y fue el estandarte de la rebelión de la independencia mestiza del diecinueve.
Mientras que el Estado mexicano producto de la Revolución de 1910 aprovechó la historia y los mitos existentes para construir una fuerte conciencia nacional, los otros Estados, producto de las independencias políticas de 1821, nunca se fortalecieron lo suficiente y nunca pudieron construir verdaderas naciones.


Comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *