Organización y lucha

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Las recientes protestas organizadas en diversos puntos de Sololá, así como otras promovidas por autoridades indígenas, demuestran la capacidad de organización que tienen, así como la posibilidad de realizar protestas sin violencia. Las autoridades indígenas prohibieron la portación de armas y el consumo de bebidas alcohólicas, y revisaron que la gente no las llevara.

Vale la pena reflexionar en las realizadas en la Plaza de la Constitución, donde se ha consumido alcohol libremente y no se ha tenido capacidad de realizar ningún control para evitar a los provocadores que, el 21 de noviembre incendiaron el Congreso, y el 28 lo hicieron con un bus y se enfrentaron a los policías que resguardaban el Palacio. La gente que manifestaba pacíficamente, solo miraba y algunos hasta respaldaron la acción destructora.

Cuando se dieron los hechos del Congreso, condenamos el silencio cómplice de las fuerzas de seguridad en el incendio del edificio; también condenamos que se atacara la concentración pacífica en la Plaza Central. Ahora también tenemos que condenar la aparente indiferencia con que las autoridades vieron la llegada y quema del bus. A todas luces, esa actitud demuestra que había colusión de hechos que habían sido preparados con la finalidad de provocar la represión a la manifestación pacífica, así como desacreditar las legítimas demandas de los manifestantes.

Pero hay que dejar claro que la violencia no la provocamos nosotros, sino la ejerció el Estado en contra de la población. Que los grupos de choque que destruyeron el monumento a las niñas quemadas en el Hogar Virgen de la Asunción, que quemaron el Congreso y el autobús, fueron grupos dirigidos por quienes están en el poder y quieren desacreditar las legítimas movilizaciones del pueblo.

Hay que reconocer, indudablemente, la amplia participación de jóvenes de ambos sexos con iniciativas propias, creativas, pacíficas, que reflejan las justas peticiones del pueblo; que han tomado conciencia de la situación y quieren, con su presencia y reivindicaciones, contribuir a la expulsión del poder de las mafias que se han adueñado de él y a la transformación del país que, después de los efectos de la pandemia y de las dos tormentas, se encuentra en una situación desastrosa, mientras el Gobierno sigue sin atender las aldeas inundadas, que perdieron las cosechas, ni a aquellos hogares a los que no llega el sustento diario.

Organizarse y luchar es el reto que tenemos por delante, pero hace falta dirección política para que no nos quedemos en un simple cambio de autoridades o del Congreso, como finalmente sucedió en 2015. Esa dirección política no debe surgir de los partidos, sino del movimiento social, de las universidades, de la academia, del pueblo.

Insistimos en la unidad, pero también en la organización y en la lucha para transformar profundamente la situación que vive Guatemala. Tenemos que buscar mecanismos para “meter en cintura” a los provocadores, que no solo ponen en riesgo a quienes manifiestan pacíficamente, sino para evitar lamentar heridos o muertos.


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